Alejandra Azcárate / Peso pesado

Alejandra Azcárate

Alejandra Azcárate

Afirmar que las mujeres somos nuestras propias enemigas no es una novedad. Decir que somos implacables juzgándonos no es noticia y comprobar que no nos alegra ver a otra más bonita es un hecho. Ese es un gran punto para admirar y de paso envidiar de los hombres. Su competencia se basa en el poder adquisitivo, los logros profesionales y la mujer que tengan al lado. Pero lo cierto es que jamás uno ve a un grupo de tipos discutiendo sobre su última liposucción, compartiendo impresiones sobre su reducción de tetillas ni intercambiando datos sobre la eliminación del bello púbico con láser.

Los hombres son más libres, prácticos, viven frescos y aunque en el fondo son vanidosos, no se desviven por su apariencia física de la misma manera que nosotras. Es cierto que ninguno quiere verse feo, pero en caso de tener que aceptarlo, lo logran con mayor facilidad y resignación.

Si tienen papada, igual se ponen corbata. No les importa que se vea esa lonja con moño. Si no tienen nalgas, se meten la billetera en un bolsillo trasero y el celular en el otro para disimular la figura cóncava. No les afecta verse como una rana en requisa porque finalmente en el sexo con o sin pompis, el empuje es el mismo. Las pantorrillas tampoco los estresan. Si son gruesas andan con ínfulas de futbolista y si son delgadas no se traumatizan. Salvo que vivan en tierra caliente, anden todo el tiempo en pantaloneta y parezcan parados en las manos.

Tal vez la única zona que sí los deprime es el abdomen. Para ningún hombre es halagador ponerse la camisa y parecer un mamoncillo reventado. La figura de rombo que se forma entre un botón y otro es humillante. Y ni qué decir cuando se esparce hacia los lados formando un hula hula de grasa. ¡Fatal!

Aún así, nosotras nos enamoramos de ellos, los valoramos por lo que son, nos divertimos con sus defectos, aceptamos sus limitaciones y hasta les sobamos la barriga. Obviamente teniendo en cuenta que están lejos de ser Buda, porque por más de que se la masajeemos, rara vez nos cumplen un deseo.

Las mujeres, por el contrario, vivimos obsesionadas con el peso. Nos frustra sentir los jeans apretados y tener dificultad para sentarnos. En el carro nos empieza a ahogar el cinturón de seguridad y quitarnos las botas se convierte en una odisea porque sentimos que los pies están a kilómetros de distancia de las manos.

Caminamos con un tic inevitable que nos obliga a bajarnos la blusa al nivel de la pretina para evitar la posibilidad de que el gordo con personalidad propia ubicado en la parte baja de la cintura se nos asome. Nos sentamos de pierna cruzada para simular que solo tenemos un muslo. Nos ponemos sacos largos para ocultar el fundillo y añoramos en silencio vivir en el Polo Norte. Nos hacemos colas de caballo templadas para estirar los cachetes, usamos cuello de tortuga para disimular el coto y andamos de manga larga para no mostrar el brazo, que parece una pierna.

Lo triste es que a pesar de todos estos sacrificios y autoflagelaciones, ellos a la hora de elegirnos sí se fijan en cada uno de nuestros detalles físicos. A tal punto que incluso siendo inteligentes, carismáticas, profesionales e independientes, se dan el lujo de cancelarnos por dos o tres kilos que tengamos de más.

Así como en una relación lo correcto es recibir en la misma proporción que se da, de igual manera deberíamos pedir que ellos lucieran tal y como nos exigen.

No se trata de que nos igualemos y nos cebemos a su ritmo, simplemente que hagamos respetar nuestro cuerpo sin permitir la más mínima agresión. Y de paso que no dejemos que nuestra autoestima se vea fragilizada como una pluma cuando nuestras capacidades día a día nos demuestran que somos un peso pesado.

Alejandra Azcárate

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