Alejandra Azcárate / ¿Acabada o hecha?

Alejandra Azcárate

Alejandra Azcárate

Cuando mi editora me dijo que el especial de esta revista era sobre las arrugas y que por lo tanto ese debía ser el tema de mi columna, inmediatamente pensé: ¿y qué tienen de especial las arrugas? Sobre ellas son muchas cosas las que se han dicho, las cremas que se han creado, los tratamientos que se han diseñado y los traumas que se han desarrollado. Para llegar a la misma conclusión de siempre: son inevitables.

Lo que sí he comprobado es que las benditas arrugas son la muestra no solo del paso del tiempo sino de la actitud interna de cada persona.

Hay arrugas que solo se marcan cuando uno sonríe, son líneas alegres que muestran la felicidad a lo largo de los años. Una que otra al fruncir la nariz, en las comisuras o los bordes de los ojos. Esas podría decirse que hasta vale la pena tenerlas. Qué triste sería verse la cara lisa, sin la menor huella de dicha.

Pero en cambio, hay otras que resaltan la amargura, la tristeza y hasta la ira. Son caras maltratadas por el dolor, la neurosis, la inconformidad y el fracaso. La frente rayada de extremo a extremo, el entrecejo con mínimo tres caminos profundos y verticales, los párpados encapotados y el mentón como una uva pasa.

La verdad es que sean como sean las arrugas, a nadie le gusta tenerlas. Lo grave es que entre uno más las rechaza, más se acentúan. Es ahí donde aparecen las dos únicas opciones para enfrentarlas.

Una, con dignidad y resignación. Mirándose al espejo y siendo consciente del proceso natural de la vida. El deterioro. Aceptando que la belleza es relativa y cambiante de acuerdo a las etapas, que el espíritu es inmodificable, que la juventud viene, nos visita y se va.

O dos, con negación y lucha. Buscando alternativas para disimularlas y métodos para contrarrestarlas.

No sé ustedes, pero yo me quedo con la primera. Prefiero mil veces cuidarme en la medida de lo posible, comer sanamente, consumir agua en cantidades industriales, no pasar un solo día sin protector solar, hacerme mascarillas con fórmulas naturales, aplicarme hielo, jamás acostarme maquillada, hacerme un par de veces al mes una sesión de radiofrecuencia y ser sensatamente feliz.

Me rehúso a buscar mi paz en el bótox, el ácido hialurónico y los peelings. No quiero tener expresión permanente de sorpresa, las cejas trepadas en las sienes, los pómulos como una ardilla y la boca como actriz de reparto de un canal porno.

No quiero que la gente me vea pasar y se pregunte: ‘¿Pero a la Azcárate qué le pasó?’ ‘¿Qué se hizo?’

Para esa gracia mejor que me vean natural en unos años y digan: ¿esa es? “Huy, la televisión sí que hace milagros”. Por lo menos así uno tendrá el consuelo de saber que en cámara se ve bien y no en vivo como un monstruo remendado por los hilos nefastos de la vanidad. Prefiero que digan que estoy acabada a que estoy hecha.

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