Alejandra Azcárate habla sobre la libertad maternal.

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No pertenezco a ninguno de los grupos anteriores. A pesar de llevar siete años de feliz matrimonio y de haber encontrado el único hombre que consideraría como posible candidato para ser el padre de mis hijos, he escogido de manera libre no ser mamá.

Una decisión que la gente por lo general tiende a considerar como egoísta, inteligente o sencillamente frustrante.

Dejando esos calificativos de lado, yo, como ser único que decide sobre mi vida, pienso y cada vez con mayor arraigo que la maternidad es un hecho que no se debe tomar a la ligera. Si a algunas personas les escandaliza oír mi pensamiento, a mí me aterra aún más que existan mujeres que todavía crean que tener un hijo es el paso siguiente y obligatorio después de casarse, un compromiso social, una imposición natural que el mismo cuerpo reclama o una experiencia que se tiene que vivir. ¿Por qué? Porque si.

Escucho a mujeres hoy en día diciendo: “Voy a encargar el segundo y a buscar la parejita para salir de una vez de eso”. Yo en silencio solo me pregunto: ‘¿Eso?’. ¿A un hijo se le dice ‘Eso’?

Pocas se sientan a pensar en la responsabilidad infinita y eterna que acarrea el hecho de traer un hijo al mundo. No se cuestionan si están o no preparadas para dar ejemplo. No miden las consecuencias a corto y largo plazo ni analizan las condiciones emocionales, afectivas, mentales, sociales, económicas y psicológicas que implica engendrar un ser.
Más allá de la escogencia de un nombre, de pegar en el álbum el recuerdo de esa primera ecografía, de las compras compulsivas de escarpines y mantas rosadas o azules, de la llamada a los seres cercanos para darles la buena noticia, o de la creencia absurda que un hijo puede ser la salvación de una relación destinada al fracaso, yo creo firmemente que el hecho de ser MAMÁ es algo que se vive y se asume en mayúsculas.

Un hijo no se tiene por las razones que usualmente le dan a uno aquellas que ya lo hicieron. Uno no concibe para no quedarse solo en la vida, ni para tener un aliciente para prosperar, ni para crear una familia cuando ni siquiera existe una verdadera pareja, ni para darles gusto a los abuelos, ni para luchar contra el reloj biológico evitando un futuro arrepentimiento.

Para mí un hijo se tiene cuando se ama, cuando se anhela, cuando se sueña con él. Cuando el cuerpo, la mente y el alma están en capacidad absoluta de ceder, de renunciar, de sacrificar, de entregar, de adorar y de aprender a través de alguien más. Un hijo se tiene cuando Dios lo permite y cuando uno lo merece.
No soy radical, soy vertical. No existe nada más constante que el cambio. Hasta hoy no quiero ser mamá, talvez porque el día que lo quiera, procuraré ser la mejor. Lejos de las imposiciones, de los prejuicios sociales, de las obligaciones morales y los miedos que siempre rondan. Si algún día ese ser llega a mi vida, tendré la plena seguridad de que fue el producto de un acto de amor, ejecutado a conciencia.

No juzgo a las madres, no nos juzguen ustedes a las que no lo somos, por lo menos aún.

Mi abuela, tres días antes de morir, me dijo algo que jamás olvidaré porque es para mí la lección más profunda de respeto y libertad. “Mi amor, quienes no tienen hijos desconocen muchos placeres, pero se evitan muchos dolores”.

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