Alejandra Azcárate habla sobre esos amores que nos dejan sin luz.

Alejandra Azcarate

Alejandra Azcarate

El latir del corazón es la fuente más grande de energía y por lo tanto de ese sentimiento de enamoramiento que luego se convierte en un estado permanente de amor; es que nuestra vida va activando un motor que nos impulsa a enfrentarlo todo.

Cuando de repente, de un momento a otro, esa relación que consideramos estable, ese vínculo que veíamos indestructible y esa estabilidad con la cual estábamos, desaparecen, entramos en un estado de desajuste total con una sensación permanente de desamparo.

Empezamos a buscar respuestas sin preguntas, nos cuestionamos sin razón, nos culpamos sin piedad y lo más duro es que nos enfrentamos a nosotras mismas. Una pelea que desde el inicio está perdida. No hay peor contrincante que la misma conciencia. La luz desaparece y por arte de magia vemos todo negro. Nos absorbe la impotencia al saber que si buscamos un acercamiento con esa persona que nos abandonó, corremos el riesgo de ser rechazados, pero quizás si no lo hacemos, perdemos la posibilidad de recuperar a ese alguien que sentimos que nos hace falta para vivir.

Arranca sin freno el enfrentamiento brutal entre la dignidad y la esperanza, el no querer demostrar del todo lo que sentimos para no salir aún más heridas, versus el deseo desbocado de no querer dejar ir a alguien que a lo mejor no tiene entre sus planes regresar; cuando alguien toma una decisión por uno, la única opción es respetarla. Pero qué cruel sabor tiene el respeto en este caso cuando el alma nos grita que no queremos separarnos de esa persona que tanto amamos, es ahí, no antes ni después, cuando aprendemos el significado profundo de la ansiedad y con suero pasamos a la fuerza el trago amargo de la desilusión.

Los estados de ánimo entran en una batidora. Intentamos colar la tristeza para quedarnos solo con lo dulce, pero nos resulta imposible. Las lágrimas se nos salen en los momentos más inesperados y de manera repentina. El dolor solo se pasma cuando de nuevo y sin querer, aparece otra vez esa idea inocente de la reconciliación. Esa ilusión de que el hombre que algún día nos dejó, vuelva a decirnos lo que tanto necesitamos oír. Que nos ama.

Empezamos a esperar con ganas que suceda lo que menos nos conviene. Una relación agrietada termina por fracturarse. No sabemos agradecer el adiós por que no entendemos que la separación a veces es la solución.

Las mujeres no manejamos el apego. Confundimos el amor con el sentido de propiedad, por eso cuando nos desalojan nos sentimos completamente desamparadas y traicionadas. No comprendemos que un adiós en el momento correcto es más sano que una bienvenida forzada.

Sí, es cierto que uno elige los pensamientos, pero ¿por qué cuando estamos en este estado escogemos siempre el mismo? A pesar de tener que apartarnos del recuerdo enfermizo de alguien que nos ha dejado, traemos a nuestra mente esa imagen del abandono una y otra vez, intentando analizar de manera milimétrica qué fue lo que impulsó a esa persona a dejarnos, sabiendo de ante mano que esa decisión debió ser nuestra. Uno sí sabe lo que le conviene, lo que sucede es que muchas veces deseamos lo contrario. Nos despertamos, miramos por la ventana, vemos un sol que solo alumbra a los demás porque a nosotras sentimos que no nos toca. Y sí, ahí está. Ese sol tarde o temprano vuelve a brillar. El dolor en la vida está garantizado, pero el sufrimiento es opcional.

En medio de esa pasajera oscuridad siempre debemos recordar que las mujeres olvidamos más rápido de lo que creemos y más despacio de lo que quisiéramos.

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