“Ser mujer es una maravilla” Alejandra Azcárate

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Así crecí. Confieso, incluso, que a ella le debo la cicatriz que tengo debajo de mi mentón. A los cinco años, en segundo kínder en el Liceo Francés, me amarré en el cuello a manera de capa el delantal de cuadros, me encaramé en un muro y salté al vacío creyendo que mi brinco me arrojaría al otro lado del jardín. No fue así. Me arrojó, pero al asfalto. El delantal me quedó de pañoleta, la cumbamba ensangrentada, las rodillas peladas y acepto que con el totazo llegué a la clínica delirando. Juro que vi a Superman en trusa guiándome hacia el túnel. A pesar de todo, la seguí queriendo.

En la adolescencia, intenté entenderla un poco más e incluso imitarla. En esa época uno no tiene noción del tiempo. Duerme siglos, rumbea horas y estudia segundos. Cuando iba a salir, en vez de medirme el clóset entero, por la inseguridad propia de la edad, intenté más de una vez ponerme cualquier cosa, dar la vuelta en mi propio eje y que la pinta quedara lista. Viendo las fotos, entiendo por qué fallé en mi noble intento. Fui un vil mamarracho. Eso me pasa por no haber admirado a Blanca Nieves, que nunca se preocupó por la moda. Ella siempre tuvo el mismo vestido repolludo, nunca lo mandó ni siquiera a la lavandería y conquistó a siete enanos. A cada uno le asignó su tarea, entre las cuales, dicen por ahí, estaba la de hacerle el amor, como en un cuento de hadas.

Ahora que soy adulta, aunque no madura, afortunadamente, tengo la plena certeza de que todas llevamos a esa Mujer Maravilla en nuestro interior. Puede que no nos vistamos igual que ella por temor a parecer una prepago ochentera, pero saltamos de un lado a otro para cumplir nuestros compromisos, en segundos cambiamos como camaleones para salir de un curso de cocina a un coctel de la empresa, con una soga amarramos las responsabilidades, somos inagotables y no le tenemos miedo a ningún villano ni de tira cómica. La mujer de hoy, que lucha por encontrar el equilibrio entre el ámbito profesional y el emocional, que es multifacética y multifuncional, lo mínimo que necesita para sentirse completa es un superhéroe. Pocos hombres dan la talla frente a la mujer contemporánea. Encontramos a veces al Batman, que de día es un caballero pero de noche le gusta salir de incógnito a dar vueltas en el carro con un vasallo hetero confundido. El Hombre Araña, que vive adherido a la casa de uno, no se despega de la ventana, pero es un pajudo que con sus hilos enreda hasta a la más inocente. Pero lo peor es cuando encontramos a los Gemelos fantásticos. Esa pareja de amigos detestables e inseparables que al final de la noche uno no sabe con cuál de los dos fue que salió.

Es difícil ser mujer y enfrentar el duro camino de elegir sus prioridades sin ser juzgada. En ellos socialmente muchas cosas están avaladas. En nosotras, en cambio, las posiciones que asumimos deben ser argumentadas para que no corramos el riesgo de que aparezcan tres cerditos y nos desbaraten todo lo que hemos construido. Ser ejecutivas no es el ideal de Alicia en el país de las maravillas, es la cruda realidad de Caperucita, donde al menor descuido por llevar la comida a la casa de la abuela, la ataca un lobo. Debemos multiplicarnos y cumplir con todo a cabalidad. A Cenicienta por lo menos el ajetreo se le acababa a las doce. A nosotras, no. Nuestro espíritu de lucha no tiene límites. Quisiéramos por momentos tirarlo todo y descansar como La Bella Durmiente, pero al final de la historia y a pesar de todas nuestras ocupaciones laborales, lo único que en el fondo buscamos es a quién tirarle la trenza por el balcón, como Rapunzel, para que nos proteja y comparta nuestro castillo. Ningún cuento es real, excepto el que uno mismo crea. Se llama: vida. Y aunque el tiempo pasa, mi cicatriz del mentón sigue intacta. Por eso, a pesar de que cada vez me interesa menos intentar ser una heroína como la que me marcó en la infancia, ahora sí sé con total certeza que ser mujer es una maravilla.

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