“Por querer verse como Madonna, quedan como Popeye”/ Opinión

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Culturalmente, sin la menor duda, las mujeres tendemos a caer con mayor facilidad en las redes peligrosas de la vanidad. Tal vez le tememos más al deterioro y luchamos con ahínco por conservar lo que tarde o temprano de-saparecerá. Vivimos al tanto de todos los métodos, sistemas y procedimientos para estar bien y por ende sentirnos a gusto.

La industria de la estética mueve no solo masas en el mundo sino toneladas de dinero. Lo cual comprueba que en efecto, ser bellas es un propósito que cuesta.
Colombia es un país reconocido en el mundo, en el ámbito médico, por la alta calidad en cirugía plástica.

Tanto así, que el fenómeno de dichas cirugías se ha convertido en parte esencial de nuestra idiosincrasia. Sin exagerar, debemos reconocer que con muchísima dificultad aquí uno puede encontrar una mujer de treinta años sin una sola operación estética. Al menos una. Un denominado retoque de alguna parte de su cuerpo o su cara. Pero la mujer ciento por ciento natural entre nosotros es escasa. No sé si esto sea bueno o malo. Simplemente es real.

Yo, por ejemplo, formo parte de las no naturales. Me aumenté los senos hace diez años más o menos porque el hecho de haberle heredado el pecho a mi papá no era propiamente un orgullo para mí. Siempre he asociado el busto en la mujer con el fenómeno de la calvicie en el hombre. No sé por qué extraña razón ambos casos generan inseguridad e inconformidad. Tener que ponerse hombreras entre el brasier es tan humillante como usar protector solar en el cráneo.

El hecho es que consulté, me puse en las mejores manos de un experto y la verdad, vivo feliz. Me pareció un cambio positivo, me siento contenta, luzco mi ropa con tranquilidad y le di proporción visual a mi cuerpo. Es la única cirugía que tengo y con honestidad creo que no me haré más. Me quiero como soy, no tengo complejos ni vanidosos resentimientos ocultos que me hagan desear lo de otras, me acepto frente al espejo y me gusto. Lo que sí considero peligroso, no solo en términos físicos, estéticos sino psicológicos, es el exceso. Hay mujeres que se obsesionan y rayan en lo absurdo. Mujeres que con dificultad uno reconoce.

Mujeres artificiales. Mujeres monstruosas. Mujeres que uno no sabe si son mujeres. ¿No las han visto últimamente por ejemplo con unos brazos hipermusculosos? Ahí está la respuesta. Se mandan pasar la cánula de la lipo por las usuales marcaciones del hombro y antebrazo para generar la sensación de un entrenamiento exhaustivo con pesas. ¡Qué horror! Cuando me contaron esto entendí por qué varias que conozco por querer verse como Madonna hoy en día se parecen a Popeye.

Lo cierto es que los hombres no se quedan atrás y esto me preocupa aún más. Y aunque ver a una vieja metamorfoseada es atroz, ver a un tipo reencauchado me raya más. Se están templando la cara como un mantel, las cejas trepadas en las sienes con permanente expresión de sorprendidos, narices respingadas como de cerdo de tira cómica, liposucciones con marcación de abdominales que se ven más falsas que una moneda de cuero, pectorales saltarines, glúteos protuberantes como de chimpancé y pantorrillas con huevo.

¡Dios! Respeto que haya gente a la que le guste, pero a mí me parece inmundo. Me gusta un hombre normal que se cuide. Que practique algún deporte y con lucha combata la panza, con código de barras alrededor de los ojos, con brazos fuertes que me soporten y que el bolsillo de atrás lo llene con la billetera o con papeles pero no con silicona. Quiero envejecer con dignidad y que mi esposo lo haga. Que la gravedad cumpla su inevitable proceso sin angustia por detenerlo. No quiero verme en unos años como la tigresa del Oriente al lado de Silvester Stallone.

Aspiro a que cuando seamos viejos caminemos cogidos de la mano, veamos al lado a todos estos muñecos de cera andantes y nos reventemos de la risa cuando mis prótesis y sus nalgas nos lleguen al mismo sitio: a las rodillas.

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