Alma sin bótox / Alejandra Azcárate

botox

Dijo que su cara perdió todo tipo de movilidad, quedó paralizada sin la más mínima expresión y por esa razón decidió abandonar dicho procedimiento estético, no sin antes narrar de manera pública su experiencia. Considero que fue valiente y además sensata. En ningún momento atacó la toxina botulínica como tal, ni buscó responsabilizar a terceros sobre su situación. Asumió su circunstancia y la expuso como cualquier mujer del común, alejada del halo de luminaria hollywoodense. Se centró en el hecho de que su abuso, debido a un permanente deseo por verse joven, la llevó al extremo de convertirse en una especie de maniquí vivo. Hoy, después de unos meses de su más reciente infiltración, su cara, según ella misma dice, ha recuperado el movimiento muscular y está regresando a su estado normal. Cabe anotar que dicho procedimiento es de efecto temporal y dura alrededor de seis meses, dependiendo de la cantidad de sustancia inyectada y su aplicación.

La gran pregunta que surge para mí es: ¿qué es envejecer con dignidad?

¿Respetar el proceso natural de deterioro del cuerpo resaltando por supuesto los efectos evidentes físicos que ello conlleva? ¿Aceptar con madurez las arrugas que de un momento a otro empiezan a aparecer hasta en sitios inimaginables? ¿Entender con humildad que la juventud se va y que el único recuerdo tangible de ella son las fotos del pasado? ¿Convencerse de que la belleza importante es la interior y que la fachada tarde o temprano se desploma?

O, por el contrario, ¿envejecer con dignidad es luchar contra el paso del tiempo sin entregarse a él buscando un bienestar físico y mental? ¿Utilizar las herramientas que el mundo médico, estético y tecnológico ha puesto a nuestro alcance para retardar la llegada de ese temido monstruo de la vejez? ¿No resignarse?

Cada quien tiene su propia perspectiva de la situación y la enfrenta a su manera. Para mí cualquier extremo es doloroso. Tanto ver a una mujer acabada y descuidada como ver a otra embalsamada y metamorfoseada.

Pero, ¿qué podemos esperar de una sociedad como la nuestra, en la que a las mujeres que estamos en la década de los treinta nos dicen: ‘veteranas’, a las de cuarenta ‘catanas’ y a las de cincuenta ‘cuchachas’?

Es nuestra realidad, nuestra mentalidad y nuestra cultura. No soy solo yo. Todas nos criticamos entre todas, todas despotricamos de todas, todas nos burlamos de todas y todas vamos a terminar como todas: viejas.

Afirmar que la belleza espiritual, la del alma, la del interior, es la única y primordial, es una verdad a medias porque lo cierto es que ninguna mujer quiere verse mal, ninguna quiere lucir desmejorada y ninguna está tranquila sintiéndose deteriorada. ¡Eso es falso!

A no ser que sea una iluminada y la verdad, no conozco la primera. Que me la presenten. La mujer por naturaleza es vanidosa y eso forma parte de lo que entendemos como feminidad. No es un tema frívolo ni superficial. Verse bien va de la mano de sentirse bien y ahí sí está el secreto. Sentirse bien es la clave de la juventud. La alegría es salud. La alegría es impermeable al paso del tiempo, es la que nos fortalece ante la adversidad y es la única que jamás desaparece si no se lo permitimos.

No hay nadie más amargado que una mujer acomplejada. La que vive fresca, anda fresca y no se ofende con arrugas o estirada. La que no, por el contrario, suele estar en constante competencia, en un estado de resentimiento silencioso, en un enfrentamiento permanente con su autoestima y en un proceso interno muchas veces inconsciente de autodestrucción.

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