El don del anfitrión / Alejandra Azcárate

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Tampoco hice una gran celebración el día de mi matrimonio. Fue algo muy íntimo, especial y sobrio. Nada de meses perdidos en preparativos absurdos que lo único que logran es generar unas peleas mundiales entre la pareja, cero orquestas de crossover, degustación previa de la comida, figuras de origami, almendras como recordatorio, colados, ni mucho menos concurso de reguetón para ganarse la liga. Siempre he pensado que cuanto más sencilla sea la boda, mejor es el matrimonio. Cuando el amor es real, no se exhibe. Esas grandes parafernalias por lo general se quedan en eso. Fiestas inolvidables y uniones de corto plazo.

A mi casa solo invito gente muy cercana. La disfruto con mi familia y mis verdaderos amigos. No le abro las puertas de mi hogar a cualquiera. No me gusta exponer mi espacio más íntimo y por eso procuro mantenerlo hermético.

No voy a cocteles a posar de simpática para después salir a rajar de la humanidad, no voy a eventos que no me interesan o en los cuales no estoy involucrada por temas de trabajo, no participo en farsas ni salgo a trasnochar la ropa por quedar bien.

Sin embargo, me encanta la rumba, así suene incoherente. No hay nada mejor que una buena fiesta y más si no es organizada por uno. Y a pesar de que soy muy selectiva a la hora de salir y de aceptar invitaciones, reconozco que hay unas parrandas apoteósicas que vale la pena gozarse. Repito que no domino el área de la organización de eventos, pero, desde la perspectiva de invitada, hay ciertos puntos que un buen anfitrión debe tener en cuenta:

  • Si es de noche la celebración, la comida no debe ser muy pesada. Es un grave error ofrecer una bandeja paisa y pretender que después la gente se anime a bailar una tanda de merengue.
  • La música es el eje central sin la menor duda. Todo en una fiesta puede fallar menos eso. Por lo tanto, debe haber una claridad sobre el gusto de los invitados. Aunque complacer a todo el mundo es muy difícil, si sus comensales son de onda electrónica no se le ocurra llevar mariachis si no quiere quedarse sola aullando con el sombrero.
  • El o la dueña de la fiesta no deben pasarse de tragos. Aunque es importante y necesario que disfruten, no hay nada de peor gusto que un anfitrión ‘jincho’ dando lora, caminando en zigzag, empujando a la gente, actuando de manera burda o agresiva y peor aún, quedándose dormido en pleno sofá central.
  • No se debe invitar gente por compromiso. Uno en una celebración, como su mismo nombre lo indica, va a celebrar. A quien se invita por obligación, asiste por obligación.
  • El espacio debe estar adecuado para la fiesta. No hay nada más incómodo que ir a una en la que los dueños de casa estén estresados porque la gente va a mancharles el tapete, quemarles el sofá o partirles la horrenda colección de payasos de porcelana. Quien decide hacer una buena parranda debe saber que todos los elementos del lugar son vulnerables de ser destruidos. Si eso es un motivo de mortificación, alquile un salón, una bodega o, en lo posible, un hangar.

“Quien cumpla con los anteriores puntos, invíteme. Prometo que les caigo”.

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