“Los malos de antes ya no existen, nos remplazaron minimonstruos”

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En Colombia uno de cada cinco niños es víctima de bullying o matoneo. Lo que en términos cristianos podría entenderse como burla masiva y discriminación.

Soy la menos indicada para hablar de este tema cuando desde pequeña me he caracterizado por ser montadora, pesada y mordaz, por no decir cicuta con la lengua.

Era la líder de mi combo por mi rebeldía y osadía quizás. Fui experta en ponerles apodos a los demás compañeros, me burlaba de los peinados, el caminado, el acento o cualquier sutil detalle que evidenciara fragilidad. Sin embargo, no había un sentido maquiavélico ahí. Simplemente el deseo de resaltar algo que sabía que a los demás podría causarles gracia y eso me generaba una atractiva sensación de poder. El problema es que muchas veces lo hice a costa del dolor de otros, sin querer. Lo cual entiendo y acepto que está muy mal hecho.

No pretendo minimizar mi error pero hasta hoy tengo la tranquilidad mental de jamás haber actuado en mi vida con la perversa intención de herir. No tengo alma para hacerlo. Sin embargo, en el camino he entendido que la autoestima de la mayoría de las personas es muy débil y por eso hay que aprender a respetar. De hecho la seguridad en el ser humano es una condición casi inexistente y me incluyo. Por lo tanto, nadie tiene derecho a resaltar aquellos puntos que para otros son motivo de sufrimiento y mortificación sin medir las consecuencias.

Lección aprendida

Aprovecho entonces para ofrecerles disculpas a solo algunos de los tantos a quienes pude ofender sin desearlo y que a lo mejor hasta hoy me detestan, cosa que no solo entiendo sino que apoyo.

A Miguel Trujillo, que se la pasaba en primaria con tacos de algodón en la nariz porque se le venía la sangre un día sí y el otro también. Le puse: ‘Glóbulo’.

A Esteban Martínez, quien a los 10 años cuando viajamos a Francia con el colegio durante tres meses a un curso de esquí, su mamá le envió una carta que fue leída en voz alta por la institutriz y el encabezado decía: “Mi querido cerdito ahumado”. A partir de ese día y hasta que nos graduamos, fue conocido, gracias a mi desfachatez, como: ‘Estufa’.

Y sobre todo a Philippe Verniaud, a quien por cierto aprecio mucho y veo de vez en cuando. En ese mismo paseo, sus papás le dieron un anorak (traje para esquiar en nieve) de color café intenso. Como el pobre niño, en aquel entonces, no hizo sino rodar cuesta abajo por los Alpes de Chamonix, lo bauticé: ‘Bollo’. Apodo que hoy, a sus 34 años, aún conserva.

El daño ya está hecho. Repito que nunca hubo mala fe sino un erróneo concepto de la burla. De hecho hasta hace poco lo entendí.
Pero lo que estamos viendo hoy es inadmisible. El matoneo ya superó la inocencia cruel propia de los niños de los cuales formé parte. Hoy ya esto tomó un color de violencia y vandalismo que ha derivado en pánico colectivo. La virginidad de las niñas está siendo un motivo de solfa grupal, el fanatismo por los deportes ha derivado en peleas brutales registradas hasta en los periódicos; la moda, los gustos, el grupo de amigos, la música y hasta la tecnología están fomentando la discriminación. Los niños están sintiendo miedo, muchos son víctimas silenciosas por temor, no se comunican ni expresan por no sentirse rechazados o ser juzgados como los sapos del curso.

¡Ojo, papás! Ya los malos de aquel entonces que pegábamos chicles en las trenzas y nos volábamos una tarde del colegio para ir a comer helado como gran acto de rebeldía, no existen. Creo que nos reemplazaron absolutos minimonstruos que podrían ser delincuentes en potencia, que tal vez si ustedes no reaccionan a tiempo pueden hacerles un daño irreversible a sus hijos.

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