Alejandra Azcárate / El reto de ser mamá de una hija calavera

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Crecí y fui formada por una mamá abnegada. Nunca fui víctima de carencias emocionales y mucho menos el producto de una madre ausente. Jamás me reprendió con agresividad, nunca me inculcó malos modales, no fue psicorrígida, autoritaria, injusta ni manipuladora. Tampoco una mujer dependiente, insegura, temerosa, laxa o alcahueta. Nunca vi en ella un patrón de comportamiento desadaptado, una acción censurable o un motivo de confrontación.

Aún así, yo fui un desastre. Pasé segundo kínder con matrícula condicional por indisciplina, me suspendieron en primaria infinidad de veces por mala conducta, me partí el mentón por creerme la mujer maravilla al saltar de un muro empinado, siempre escogí las peores amistades, me volé a las discotecas desde los 14, me emborraché y rompí un cuadro de la casa, le dañé la ropa, le estrellé el carro, me echaron de la universidad, nunca aprendí a tocar un instrumento, hice shows, fui altanera y retadora, me burlé de ella, la ofendí, la herí, la desilusioné, le mentí, la ignoré y a pesar de todo… siempre estuvo ahí. Fui lo que las abuelas llamaban una hija calavera.

Hoy, al pasar de los años, entiendo que tuvo la capacidad de enfrentar su proceso, nuestro proceso. Fue inteligente y valiente. Aunque sufrió, me permitió ser. Y es ahí donde radica ahora la solidez de nuestra relación. A mi mamá nunca le importaron las apariencias ni se preocupó por hacerles creer a los demás que su hija era perfecta. Jamás sintió miedo en el fondo porque siempre supo que mis problemas eran de comportamiento y no de esencia y, por ende, sabía que algún día yo misma modificaría mis acciones sin necesidad de reprendas sin sentido. Lloró mucho por mi culpa, pero tuvo el coraje para convertir esas lágrimas en lecciones mutuas.

Hoy sé que soy lo que soy gracias a ella. En silencio me enseñó la tolerancia, con fortaleza me inculcó los valores que rigen mi vida, su figura es mi ejemplo, con sincero amor me moldeó a su manera, me dedicó su tiempo más valioso y marcó los límites sin templarme la rienda. Gracias a ella conocí la bondad.

Pasan los años y cada vez somos más parecidas. Reaccionamos igual, decimos lo que pensamos, expresamos lo que sentimos y no nos amilanan las dificultades. Nos reímos por todo y de todo, sabemos disfrutar la vida, viajamos juntas, cada vez nos importa menos tener la razón, no nos preocupa lo que no nos interesa, nos burlamos de nuestros propios defectos y lloramos por las mismas razones. Ella es mi más profundo amor.

Sé que no fui una buena hija pero hoy me siento la mejor. Tuve que recorrer ese camino de rebeldía para entender mi propia perspectiva de la vida y así poder compartirlo hoy con ella, que también lo anduvo.

No sé si algún día me atreva a tener un hijo. Talvez no estoy lista para cambiar mi vida.
Lo que sí tengo claro es que si algún día eso sucede, quisiera ser una mamá como la mía y jamás una hija como yo.

Los niños son dependientes, los adolescentes insolentes y los adultos indiferentes. Por eso estoy segura de que junto a ella jamás maduraré. Así somos felices.

¡Buen día, mamá! Gracias por enseñarme a ser libre.

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