El machismo arruga / Alejandra Azcárate

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Todas, absolutamente todas, sin importar el nivel de vanidad, sufrimos con esas benditas líneas de expresión que con el tiempo van convirtiéndose en profundos surcos de nostalgia.

Los años no vienen solos sino muy mal acompañados por ese séquito de cicatrices tanto leves como profundas que de un momento a otro hacen su entrada triunfal en la cara y se instalan para siempre en el resto del cuerpo. No olvidemos que las infelices se reproducen en el cuello, el pecho, las manos, la espalda, las piernas, las nalgas y hasta en la zona más íntima, convirtiéndonos en un humano pasa. Pero el perjuicio no es exclusivo del aspecto externo. Con el tiempo, el corazón también se nos arruga más fácil y lloramos por cosas que antes ni siquiera considerábamos hacerlo. Padecemos de temor, sufrimos de inseguridad y perdemos la capacidad de ilusionarnos y sorprendernos.

Los pulmones al igual se arrugan y se manifiestan al subir dos escalones con dificultad, al tener que hacer pausas de respiración en una simple conversación o al pasar abruptamente de una temperatura a otra. No siendo suficiente, el hígado sufre el mismo proceso y nos limita los placeres impidiéndonos el consumo de ciertos productos que antes amábamos, alejándonos de los felices excesos y restringiéndonos aquellas inyecciones de alegría que nos proporciona el no cuidarnos. Como si fuera poco, la vejiga también se frunce y nos humilla afanándonos por encontrar un baño en cualquier esquina a las horas menos indicadas con miedo hasta de toser. Cerrando el ciclo, la memoria también hace lo suyo y de manera lenta pero efectiva logra que confundamos los nombres, los espacios, las actividades y hasta las emociones. Pero lo más grave es que al parecer el cerebro es el que más se arruga y en vez de fortalecer la aceptación y el desapego, lo único que logra día a día es mortificarnos al ser conscientes de lo viejas que nos estamos volviendo por dentro y por fuera.

Pero si el sendero de todas es el mismo, ¿por qué somos tan crueles a la hora de resaltar con perversidad el camino de deterioro de las demás si nosotras vamos detrás de ellas en esa fila? Nos encanta ver a una mujer bonita envejecida porque nuestro inconsciente maligno en vez de apelar a la interna solidaridad de género lo que hace es establecer de inmediato un patrón de comparación en el que nuestro ego nos grite que estamos mejor que ella para poder seguir sintiéndonos jóvenes.

Yo nunca he visto a un hombre criticando con tal nivel de sevicia a otro como lo hacemos nosotras. Un hombre difícilmente comenta sobre el aspecto físico de otro y si lo hace es para resaltar sus fortalezas o para exclamar: ¡Está acabado! Y punto. Hasta ahí llega. No hay análisis detallado, despellejada por zona ni destrucción verbal.
Quizás por eso a ellos el paso del tiempo y la aparición de las arrugas no los conflictúa tanto. Se aceptan, no se aferran a su juventud y aunque les duela perderla no son esclavos de ella. Lo logran también porque las mujeres los hemos apoyado en esa forma de enfrentar la vida. Les alabamos su añejamiento y hasta empiezan a parecernos más interesantes con los años encima, nos seducen sus canas, las gafas, el código de barras alrededor de los ojos, la sonrisa enmarcada por dos franjas e incluso por amor llegamos a ser leales y garantizar nuestra permanencia a pesar de la impotencia.
Ojalá algún día anulemos de nuestro vocabulario términos que para todas resultan tan hirientes como: cucha, cuchibarbie, catana o veterana. Sin excepción alguna, a no ser que se nos atraviese la muerte, estamos destinadas a despedirnos de la lozanía y la belleza fresca de aquellos años que para tristeza de muchas también pasaron sin ser disfrutados por andar pendientes de las demás.
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Es tan necesario envejecer con dignidad como dignificar a la que ya envejeció. El peor castigo y del cual hasta hoy seguimos siendo víctimas viene de nuestro fomentado machismo de la arruga.

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