El poder de la mirada / Alejandra Azcárate

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Es un hecho que no solo ha producido pánico colectivo sino solidaridad masiva, ya que lo sucedido nos ha convertido en seres vulnerables frente a dicho delito que viene ocurriendo con más frecuencia de lo que todos imaginábamos. Este caso me impactó de forma estremecedora no solo porque se trata de una indefensa mujer, quien fue desfigurada, sino también porque tanto Natalia como su novio, Daniel Arenas, son grandes amigos de mi hermano Andrés, quien vive en México y de hecho fue el que, consternado, me informó por chat lo sucedido.

He pasado por todas las sensaciones, viajando desde la profunda ira hasta el dolor y la cruda impotencia. Pero una imagen, una imagen puntual me destrozó el corazón. Sentada en mi casa viendo el noticiero, en una fracción de segundo percibí la expresión más honesta de tristeza. La mirada en primer plano de Julia Gutiérrez de Piñeres, madre de Natalia. En medio de una de las tantas jornadas multitudinarias de protesta, estaba esta mujer junto a su hijo Camilo mirando sin ver. Era como si intentara enfocarse en un punto fijo para evadir a la prensa y no pensar, pero era tan debilitante su dolor que aún no entiendo cómo respiraba.

Recuerdo que apagué el televisor y lloré mucho. Pensé inmediatamente en mi mamá, alcancé a visualizar la escena siendo ella la protagonista, imaginé su tristeza, trasladé esa realidad a la mía y en medio del ahogo la llamé y le dije: “Ojalá te mueras antes que yo”. Lo dije sin pensar pero fue lo más sincero que sentí. Por obvias razones, desconcertada y ofendida ante la dureza de mi frase, reaccionó mal. Dejé que se calmara un poco mientras mis lágrimas también cesaban y le dije: “Mamá, el día que a ti te pase algo o que tú te vayas, yo me muero. Es algo que no soporto ni siquiera pensar. Pero a partir de ahora le pido a Dios que esa pela me la de a mí. Que jamás permita que tú tengas que verme sufrir y menos enterrarme porque hoy sí entendí que literalmente se te acabaría la vida”.

Las mamás están hechas de otro material. Es admirable su capacidad de entrega y sacrificio aunque en muchos casos sea poco lo que reciban a cambio. Una mujer, cuando es madre, modifica por completo las prioridades de su vida hasta el punto de sentir que ya no existe porque le pertenece a ese otro/a que parió. Una mamá percibe los estados anímicos de un hijo a distancia, lee su silencio, descifra sus gestos, capta su ansiedad, vibra con sus experiencias, apacigua sus impulsos, calma sus angustias y sabe cuándo le miente.

Se gradúan con honores en múltiples disciplinas. Se convierten en enfermeras profesionales, abogadas, psicólogas, profesoras, periodistas y hasta investigadoras privadas.

Una mamá pierde la proporción de su realidad porque se vuelve un fin común. Los logros de los hijos se convierten en los propios con la nobleza de reconocer la independencia de los demás. Para mí no existe ningún ser humano que maneje con tal nivel de sabiduría el apego y el desapego como una mamá.

Hoy la familia Ponce de León llora. La incertidumbre del resultado final es una angustia para todos que aumenta día a día y que es capoteada por la madre. Muchas veces en la vida no entendemos ni por qué ni para qué suceden las cosas pero lo cierto es que pasan y no nos queda otro camino que aceptarlas. La cara de Natalia la cambiaron para siempre pero su esencia salió ilesa. La de su mamá tampoco volverá a ser la misma jamás, pero estoy segura de que siempre tendrá una sonrisa para iluminar la de su hija. El alma no necesita fachadas y la alegría es más fuerte que la piel.

En el Día de la Madre les deseo a esa familia y a todas las que han pasado por algo similar, que después de lo ocurrido logren tocar, aunque sea por los dolorosos bordes, el perdón. A Natalia y a todas las víctimas de ataques con ácido, que brille la potencia de su espíritu para que jamás olviden que el poder de la mente y del corazón es intangible. A Julia y a todas las madres que hoy padecen las imborrables heridas de este flagelo, que saquen a flote la admirable valentía que quienes no somos madres no tenemos el privilegio de conocer.

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